Lamentos por mi vieja bata

Denis Diderot 1769

Arrepentimientos sobre mi vieja bata o una advertencia para aquellos que tienen más gusto que suerte.

Fuente: Oeuvres Complètes, Vol IV. Paris, Garnier Fréres, 1875;

Traducido por: Rebeca Hernández

¿Por qué no me lo quedé? Estaba acostumbrado a mí, y yo a él. Moldeaba todas las dobleces de mi cuerpo sin inhibirlo, era pintoresco y bonito. El otro es rígido y almidonado, me hace ancho. No había necesidad de que no se prestara su bondad, ya que la miseria es casi siempre oficiosa. Si un libro estaba lleno de polvo, siempre estaba ahí para quitarselo. Si la tinta de mi pluma se había secado y dejado de brillar, me prestaba su lomo. Decorado con largas líneas negras, uno podía ver todo lo que había hecho por mí. Estas largas líneas representan al litterateur, el escritor, el hombre que trabaja. Ahora tengo aires de ricachón. Para nada. Nadie sabe quién soy.

En su cobijo no temía ni la torpeza de los aparcacoches ni la mía propia, ni una explosión ni el derrame del agua. Era el maestro absoluto de mi vieja bata. Y me he convertido en el esclavo de la nueva. 

Ni siquiera el dragón que custodiaba el Vellocino de Oro de la mitología griega estaba tan preocupado como yo. La preocupación me envuelve. 

El viejo hombre embriagado quien se entrega a los caprichos, y la merced de una joven, desde el día hasta la noche. ¿Dónde está mi buena y vieja ama de llaves? ¡¿Qué demonio me obsesionó ese día para perseguirla a cambio de esta?! Y luego llora, suspira.

Yo no lloro, yo no suspiro, pero siempre digo: maldito aquel que inventó el arte de ponerle un precio a los bienes comunes tiñéndolos de escarlata. Malditas las prendas preciosas que venero. ¿Dónde está mi viejo y humilde cómodo trapo de tela común?

Amigos míos, cuidad a vuestros viejos amigos. Amigos, temed el tacto de la riqueza. Dejen que mi ejemplo os enseñe una lección. La pobreza tiene libertades y la opulencia obstáculos. 

¡O Diógenes! ¡Lo que te reirias si vieras tu disciplina sobre el lujoso manto de Aristipo! O Aristipo, este lujoso manto fue pagado  a través de muchos pequeños actos. Qué diferencia hay entre tu blanda, sigilosa y efímera vida y la libre y firme del cínico portador de harapos. Yo dejé atrás la barrica en la que tenía el poder para servir al tirano. 

Pero eso no es todo amigo. Préstale una oreja a los desgastes del lujo, a los resultados de un lujo coherente. 

Mi vieja bata era uno de los muchos harapos que me rodeaban. Una silla de paja, una mesa de madera, una alfombra de Bérgamo, una estantería de madera que sostenía unos cuantos libros, unas cuantas fotos sin marcos colgadas de las esquinas en aquel tapiz. Entre aquellas  fotos tres o cuatro tiras colgantes formaban, junto con mi viejo albornoz, la miseria más armoniosa.  

Ahora todo es discordante. No hay coordinación ni unidad ni belleza.

Una nueva ama de llaves que tiene éxito en el presbiterio, la mujer que entra en casa de un viudo, el ministro que sustituye al anterior deshonrado ministro, el Molinista que se hace con la diócesis de un Jansenista prelado, todos ellos causan más problemas que lo que ha causado un intruso en casa ajena. 

Puedo imaginarme la imagen de una campesina sin repugnancia. Ese trozo de tela que cubre su cabeza, el pelo poco poblado que cae a los lados de su cara, los harapos que la cubren a medias, esas viejas enaguas que no cubren ni la mitad de sus piernas, sus pies descalzos llenos de porquería; nada de eso me afecta. Es la imagen del estado que respeto, es el conjunto de falta de gracia y de la necesaria y desafortunada condición en la que se encuentra por la que siento pena. Pero mi estómago se altera y, a pesar de la atmósfera perfumada que la sigue, me distancio y giro la vista de aquella cortesana cuyo peinado a points d’anglaterre, mangas rotas, calcetines de seda viejos y zapatos desgastados me muestran la pobreza del día combinado con la opulencia de la noche anterior. 

Aquel hubiese sido mi domicilio si la imperiosa escarlata no hubiese hecho que todo fuese al unísono con ella. 

Vi que el Bérgamo que empezaba a ceder de la pared a la que tanto tiempo había estado pegada.

Dos fotografías que no pasaban por alto: El Chute de la Manne dans le Désert de Poussin y Esther devant Assuerus del mismo autor; una de las cuáles era perseguida por un viejo hombre por Rubens era la triste Esther, la caía maná fue disipada por una tempestad, por Vernet. 

La silla de paja fue relegada a la antesala y sustituida por una silla de cuero.

Homero, Virgil, Horacio, Cicerón aliviaron el débil abeto debilitándose y lo guardaron en un armario taraceado, un asilo mucho más valioso para ellos que para mí.

Un gran espejo se hizo con el manto de mi chimenea.

Esas dos figuritas que representaban la amistad con Falconet y que había reparado él mismo, fueron reemplazadas por una Venus agazapada. Arcilla moderna sustituyendo al bronce antiguo.

La mesa de madera todavía se mantenía en el territorio de juego, abrigada por una gran cantidad de panfletos y papeles amontonados que, de cualquier forma, parecían protegerla de cualquier lesión o amenaza que pudiera tener. Un día llegó su hora, y a pesar de mi vagancia por quitar todos esos panfletos y papeles de ahí, éstos encontraron cobijo en un precioso y nuevo escritorio.

¡Maligno instinto de conveniencia! Tacto delicado y desastroso, gusto sublime que cambia, se mueve, crea, revuelca; que vacía el café de los padres, que deja a las hijas sin ajuares, a los hijos sin educación que crea tantas cosas preciosas y tantas malignas. Tú que  sustituiste en mi casa aquel escritorio por la mesa de madera: eres tú quien arruina a las naciones, eres tú quien algún día quizás lleve todas mis posesiones al Pont Saint-Michel y donde se escuchará la voz ronca de un tasador diciendo: Veinte louis por una Venus agazapada. 

El espacio que había entre su escritorio y el templete de Vernet, que estaba sobre él, era desagradable para el ojo. Ese vacío fue llenado por un reloj. ¡Y qué reloj! Un reloj à la geoffrin, un reloj cuyo oro contrastaba con el bronce. 

Había un hueco vacante al lado de la ventana. Y este hueco pedía un escritorio para caligrafía, el cual obtuvo.

Otro desagradable vacío entre el escritorio de caligrafía y la hermosa cabeza de Rubens fue llenado por dos La Grenées.

Una Magdeleine por el mismo artista, hay una copia bien de Vien o Machy, de los cuales también quería un ejemplar. Y era más que la reparación de un filósofo transformándose en un escandaloso gabinete de un publicano. Es más, un insulto a la pobreza nacional por mi parte. 

Todo lo que queda de mi mediocridad original es una alfombra de orillo. Puedo sentir que esta pobre alfombra ya no pega con mi recién estrenada lujosidad. Pero juré y juro, que como el campesino trasladado de su hogar a un palacio y a quien no se le caen los anillos, que Denis el filósofo nunca la reemplazaría por una obra de arte de la Savonnier. La mañana siguiente, rodeado de lujosa escarlata, cuando entro en mi oficina y veo mi vieja alfombra, me recuerda a mis inicios y el orgullo entra hasta el fondo de mi corazón.

No amigo no, no fui corrompido. Mi puerta siempre estará abierta a quien lo necesite, me encontrarán más afable que nunca de hecho. Les escucharé y daré consejo, les ayudaré y sentiré con ellos. Mi alma no se ha endurecido y mi corazón no se ha vuelto demasiado grande. Mi fondo es bueno y grande como antes. Hay la misma honestidad y sensibilidad. Mi lujo es nuevo y el veneno aún no ha traspasado. Pero quién sabe lo que me ocurrirá con el tiempo. ¿Qué se puede esperar de aquel que ha olvidado a su mujer y su hija, alguien lleno de deudas, quién se ha rendido a ser un buen esposo y padre, y que, en cambio, ha decidido aportar una gran suma de dinero en una profunda arca leal.

¡O Santo Profeta! Alza sus manos en los cielos y reza por un amigo en peligro. Dile a Dios: Si ve que tus riquezas están sentenciando eternamente el corazón de Denis, no repuestes las obras de arte que idoliza. Destruyelas y devuélvele su pobreza original. Y en mi mano estará devolverle a los cielos: ¡Oh Dios! Me resigno a las plegarias del Santo Profeta y su voluntad. Abandono todo por usted. ¡Coja todo, todo lo que tengo, excepto el Vernet! No es el artista, es usted el que lo hizo. Respete su propia obra y la de la amistad. 

Ve ese faro, la torre adyacente que crece hacia la derecha. Ve el viejo árbol que ha tirado el viento. Qué conjunto más armonioso. En lo alto de aquel oscuro conjunto, mire las rocas cubiertas de verde. Es usted la mano poderosa que lo ha creado. Es su mano beneficiosa la que lo ha enmoquetado. Ve esa azotea desigual que va desde el camino de piedras hasta el mar. Es la propia imagen de la degradación del tiempo que usted ha permitido incluso en las cosas más sólidas del mundo. ¿Acaso su sol lo habría iluminado sí no? Dios, si aniquilas esa obra de arte, querrá decir que es un Dios celoso. Tenga piedad por la desafortunada extensión de los bienes. ¿No es suficiente con mostrar el fondo del abismo? ¿Acaso les salvó solo para destruirlos? Escuche las plegarias de este hombre que le agradece. Ayude al que intenta reunir lo que le queda de fortuna. No escuche las imprecaciones del demente. Se prometió rendimientos tan ventajosos, había contemplado el descanso y la jubilación. Estaba en su último viaje. Cien veces a lo largo del camino calculó con sus dedos el tamaño de su fortuna y había dispuesto su uso. Y ahora todas sus esperanzas se han desvanecido; apenas tiene lo suficiente para cubrir sus miembros desnudos. Déjate emocionar por la ternura de estos dos esposos. Mira el terror que has inspirado en esa mujer. Ella te da las gracias por el mal que no le hiciste. Sin embargo, su hijo, demasiado pequeño para saber a qué peligro lo exponía, él, su padre y su madre, cuida al fiel compañero de su viaje: le está atando el collar de su perro. Perdona a los inocentes. Mire esa madre que acaba de escapar de las aguas con su esposo: no es por ella que está temblando, es por su hijo. Mira cómo lo aprieta contra su pecho, cómo lo besa. Oh Dios, reconoce las aguas que has creado. Reconócelos, tanto cuando tu respiración los mueve como cuando tu mano los calma. Reconozca las nubes negras que reunió y que le agradó esparcir. Ya se están separando, se están alejando; Ya la luz del lucero renace sobre la faz de las aguas. Preveo calma en ese horizonte rojo. ¡Qué lejos está el horizonte! No termina con el mar. El cielo desciende debajo de él y parece girar alrededor del globo. Termina de iluminar el cielo; Terminar dando tranquilidad al mar. Permitir que esos marineros devuelvan al mar su barco naufragado. Ayúdales en su labor, dales fuerzas y déjame este cuadro. déjamelo a mí, como la vara con que castigarás al vanidoso. Ya se da el caso de que ya no es yo al que la gente visita, al que la gente viene a escuchar: es a Vernet a quien vienen a admirar en mi casa. El pintor ha humillado al filósofo.

¡Oh amigo mío, el hermoso Vernet que tengo! El tema es el final de una tormenta sin una catástrofe dañina. Los mares todavía están agitados, el cielo cubierto de nubes; los marineros están ocupados en su barco hundido, los habitantes vienen corriendo desde las montañas cercanas. ¡Cuánto espíritu tiene este pintor! Solo necesitaba un pequeño número de figuras principales para representar todas las circunstancias del momento que eligió. ¡Cuán cierta es esta escena! Con qué ligereza, soltura y vigor está todo pintado. Quiero conservar este testimonio de su amistad. Quiero que mi yerno lo transmita a sus hijos, sus hijos a los de ellos, y estos últimos a los que nacerán de ellos.

Si solo vieras la belleza de toda esta pieza, cómo todo es armonioso, cómo los efectos trabajan juntos, cómo todo se saca a relucir sin esfuerzo ni afectación. Cómo esas montañas de la derecha están envueltas en vapor. Qué hermosas son esas rocas y esos edificios superpuestos. Qué pintoresco es ese árbol y la iluminación de esa terraza. Cómo se desvanece la luz, cómo se disponen sus figuras: verdadera, activa, natural, viva. Qué interesantes son, la fuerza con la que están pintados. La pureza con la que están dibujadas, cómo se destacan del fondo. La enorme amplitud de ese espacio, la verosimilitud de esas aguas. ¡Esas nubes, el cielo, ese horizonte! Aquí, el fondo está privado de luz, mientras que el primer plano está iluminado, a diferencia de la técnica habitual. Ven a ver mi Vernet, ¡pero no me lo quites!

Con el tiempo se pagarán todas las deudas, se calmarán los remordimientos y tendré pura alegría. No temas que el loco deseo de abastecerme de cosas bonitas se haya apoderado de mí. Los amigos que tenía todavía los tengo, y su número no ha aumentado. Tengo a Lais pero Lais no me tiene a mí. Feliz en sus brazos, estoy dispuesto a cederle a ella a quien amaré y a quien hará más feliz que yo. Y quiero contarte un secreto: aquella Lais, a quien a otros les costó tanto comprar, a mi no me costó nada.

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